—¿Caza usted?

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—¿Cazador? No, soy futbolista. He jugado siempre, ahora en los veteranos del Club Deportivo Rueca. Delantero, extremo izquierda.

—¿A pierna cambiada, como Stoichkov?

—Zurdo, zurdo. Pero le puedo pegar con las dos.

Antonio Aguilera (62 años) es de baja estatura, ojos azules y pelo blanco. Conduce un viejo y embarrado Renault Laguna por las tierras arrendadas de la vega baja del río Rueca, en la entidad local del mismo nombre perteneciente al partido judicial de Don Benito (Badajoz). De pronto la vía por la que circula se interrumpe por una cadena mínima, un pobre obstáculo que impide el paso; baja y la abre. El camino lleva a las tierras de cultivo que trabaja. Aquí siembra maíz, tomate y brócoli. Hace poco le robaron las baterías de los tractores. “La gente tiene que comer, pero yo también”, dice.

Aguilera es agricultor y está en pie de guerra. No por los robos, ley de vida, sino por su estómago. Él y miles de agricultores españoles han estado perdiendo margen de beneficio en los últimos años hasta que les ha dejado de compensar, en muchas ocasiones, recoger el cultivo. “¿Para qué? Pierdo dinero”. Cuando no hay negocio, se regala al pueblo. Hay un precio de salida muy bajo que en el supermercado puede crecer hasta el 500%, como en el caso de las naranjas. Según el índice de precios en origen y destino de los alimentos (IPOD) que elabora la COAG, la naranja sale del campo a 0,25 euros el kilo y se vende al consumidor a 1,60. La patata, de 0,17 el kilo a 1,25. El brócoli, por ejemplo, sube un 429%; 25 céntimos el kilo se pactó este año. Aguilera considera un precio justo 40 céntimos.

El jueves a las nueve de la mañana Antonio Aguilera se reunió con los miembros de una asociación de agricultores convocada para defender sus intereses. Este martes, los agricultores extremeños cortarán las carreteras. Hace dos semanas, 5.000 agricultores se manifestaron en Don Benito; se produjeron cargas policiales y disparos con balas de goma. “El campo quiebra. Si el campo para en Extremadura, para todo”. No habla a humo de pajas; su pueblo, Ruecas (666 vecinos según el Instituto Nacional de Estadística), se creó en los años sesenta, junto a decenas de otros pueblos (casas blancas con corrala, iglesia) por el Plan Badajoz. El objetivo, dar casa y tierra en Extremadura a miles de personas para que trabajasen en el campo.

Aguilera trabaja la tierra desde que tenía nueve años. Perdió a su padre pronto, cuando al ir a sacarse una muela al hombre le descubrieron debajo un tumor. No conoce otro trabajo que el del campo, “de sol a sol”, como dice. Pero entre medias hace más cosas. Es alcalde, por ejemplo. Alcalde socialista en lucha contra los Gobiernos de su comunidad y su país, de su mismo partido; a media mañana, como alcalde, se irá a podar con un par de operarios los árboles de la calle central del pueblo. Es también presidente de la peña del Barcelona de Ruecas.

Al límite

“Estamos al límite; nos endeudamos, nos pagan tarde y todos los productos que nosotros compramos tienen precio mínimo, menos el que vendemos. Es insostenible”, dice Aguilera enseñando un viejo tractor John Deere para el que apenas tiene dinero para gasoil. No lo tiene, en caso de necesitarlo, para cambiar una rueda. “Hasta que aguante”, resume. “El campo tiene que tener precio. Tenemos que saber cuál es el precio de la fruta antes de venderla a la central”.

Aguilera enseña el brécol sin recoger en su campo tras la cosecha, terminada estos días. El gasto en material, tractores, productos; el jornal de los empleados en recoger las hectáreas de brócoli, maíz y tomate sembrados. 2.000 hectáreas se quedaron sin recoger en Extremadura en la última campaña: “500 jornales perdidos”, dice Aguilera.

Las grullas, hambrientas, se han echado encima del brócoli hace unos días. La mañana termina en la cafetería Teo, donde Aguilera pide un café y conversa con otro agricultor, este jubilado. Hay una foto de Iker Casillas con el propietario, calendarios de empresas de fertilizantes y se anuncia disco y concierto de la cantante Carmen Tena, nacida en Ruecas. La conversación en el Teo gira sobre un mundo abollado, el del campo, que se desvanece ante la mirada atónita de los agricultores, que reconocen haber reaccionado tarde. El martes vuelven a la guerra.

Fuente: El País